¿Has sentido alguna vez que llegas a la cima, y es hermoso, y perfecto… y luego solo caes tan rápidamente, que notas el descenso cuando el dolor del choque atraviesa tu cuerpo? Así se sentía este día al levantarse. La rutina diría empezó como siempre, pese a no tener ninguna motivación para salir a enfrentar el mundo. Y es que estaba en esa fase en que todo es un tedio y se odia hasta la mota de polvo que no se puede ver. Sí, odiaba salir; odiaba esas casas, esos jardines, odiaba esa acera que era testigo silente de sus frustraciones existenciales. Odiaba el camino gris que armaban un mar de porches verdes con idénticas casas victorianas alineadas casi obsesivamente y odiaba aún más a los vecinos que espiaban otras vidas mientras fingían arreglar el jardín o limpiar ventanas.
Algún sentido inconsciente le estaba convenciendo de
quedarse en casa, como si las cuentas se pagaran solas. Tal vez estaba llegando
a su límite de normalidad e iba a estallar a la primera provocación. Enumerar las buenas cosas, recomendaba el tipo de la tele
que aconsejaba sobre la vida de todo el mundo, ¿que podría enumerar a su favor?
Banalidades. Buena apariencia, tener todos sus dientes, una salud aceptable,
las necesidades básicas cubiertas, nada realmente memorable. Maldijo por
enésima vez antes de agarrar su mochila y salir. Lo primero que sintió al
cruzar la puerta fue una suerte de humedad en el aire, con un olor leve que no
lograba reconocer. Era lo de menos ya que, ayer, fuera de la vieja casa que
habitó desde la infancia, el mundo era abismalmente distinto al de hoy. Por
muchos segundos no creyó lo que estaba viendo, ni siquiera podía entenderlo…
No hay comentarios.:
Publicar un comentario